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Los desastres del buen alumno

  • Published in Sara Martinez

"España es un desastre", así le daba el chivatazo nuestro alumno más aventajado en ejecución de licenciaturas y másteres al Presidente de la Comisión Europea.

Una aseveración habitual entre los ciudadanos de asfalto y monte que llevamos repitiendo desde hace ya mucho tiempo. Parece que su cambio de pupitre en esa gran aula que se llama Parlamento, le ha dado argumentario de calle, y de sobra, para entender de verdad como andamos por estos fangos diarios. Y aunque no deja de ser una anécdota más, nos sirve de alegoría ilustrada para repensar nuestro tiempo y lo que nos deparará la existencia nacional.

Resuelta judicialmente una de las patas académicas que con tanto brío está protagonizando nuestro recién descubierto desastre, nos vendrán ahora con proposiciones de nuevas comisiones de investigación política, una más para seguir viendo el resultado hartante de la labor parlamentaria. En verdad, seguir solicitando este tipo de sainetes empieza a no tener ninguna gracia para el ciudadano que, por el momento, tiene otras opciones para su tiempo libre y bienaventurada distracción.

Porque el desaguisado nacional que pregonan ahora algunos es el mismo que llevamos sufriendo los ciudadanos hace ya una década. El desplome de las relaciones laborales, el empeoramiento de nuestros servicios públicos, la inevitable existencia de corruptelas públicas y la desmemoria de nuestra propia historia. Seguimos en la misma y constante calamidad que garantiza, indefectiblemente, esta inquietante quietud por lo que nos deparará el futuro. Mientras nos preocupamos tanto de los méritos académicos de unos cuantos, nos quedamos huérfanos, una vez más, de propuestas novedosas que signifiquen algo en la gestión de lo de todos.

Desde una cierta equidistancia ideológica, deberíamos exigir más aprobados y hasta algún que otro cum laude sobre las decisiones que nos afectan a los ciudadanos. Desde un cierto equilibrio social, deberíamos reclamar menos recreos para el almuerzo y más clases intensivas de derechos y deberes constitucionales que, a día de hoy, es lo que nos urge a toda esta gran mayoría que conformamos el país.

Entretanto, estamos recibiendo clases diarias sobre temas privativos de unos pocos, y en cambio, los gurús internacionales de la economía mundial ya están hablando de una nueva crisis sondeando fechas tan cercanas como el 2020. Esa economía mundial que Eduardo Galeano calificaba como "la más eficiente expresión del crimen organizado".

Sería interesante que, por una vez, no nos pillaran a los ciudadanos desprevenidos con estas mordidas a nuestra estabilidad vital y tuviéramos la posibilidad de proteger nuestro pequeño negocio de la subsistencia y nuestra humilde vida consuetudinaria.

Ya lo decía Oscar Wilde cuando señalaba que "aconsejar economía a los pobres es a la vez grotesco e insultante. Es como aconsejar que coma menos al que se está muriendo de hambre". El recetario político empieza a ser demasiado burlesco con la realidad que nos rodea, y como sociedad deberíamos aplicar al estado esa máxima capitalista que pregona que quien paga es quien manda. Y deberíamos empezar a hacerlo sobre lo que necesitamos.

Para comprar baratijas ya tenemos las ferias de nuestro barrio. Y como entre bagatelas parece que está el juego, recuerden las palabras del trascendentalista norteamericano Ralf Emerson cuando, a propósito de los desastres, decía que "los malos tiempos tienen un valor científico. Son ocasiones que un buen alumno nunca se perdería". Así que, menos oyentes y más buenos alumnos.

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