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Una hora más

  • Published in Sara Martinez

Tiene un aquel especial este mes recién estrenado. Septiembre o setiembre, que para algunas cosas la Academia todavía tiene sus licencias, es esa época de la uva, de las flores calluma o de las meskerem, flores amarillas que para algunas civilizaciones es el inicio del nuevo año.

De alguna manera, como pasó con la Segunda Guerra Mundial, parece siempre un tiempo de inicio y final. Tiene la dualidad del sabor de la vida como metáfora del deambular por estos días que nos toca aligerar. La mayoría de nosotros retomaremos nuestros horarios y volveremos a marcar el calendario para buscar una nueva oportunidad de asueto merecido, aunque sea por un poco de respiro.

Y repasando nuestra hemeroteca personal veremos que se vuelven a repetir las noticias sobre la subida del presupuesto escolar, nos llenaremos de orgullo y satisfacción por los datos veraniegos de turismo y paro y reinventaremos todas las motivaciones posibles para animar nuestras zancadas hasta el tiempo navideño. Hay que reconocer que la última decisión de nuestra querida Unión Europea sobre el cambio horario ha sobrecogido, por sorpresa, este guion tan aprendido para el regreso vacacional, que casi me ha interesado más que las novedades editoriales de las nuevas colecciones por fascículos que se ponen en este tiempo tan de moda.

Me encanta la idea de no cambiar este conteo natural del tiempo.Quitar o poner de forma tan artificial siempre me ha decepcionado, y mucho más arrancarle una hora a la luz natural de nuestros días y nuestras noches. Tampoco entendí nunca las motivaciones del ahorro que tanto han justificado esta medida y me congratula saber que de alguna manera tenía razón. Pero lo que más me ha sorprendido es que, a pesar de que pocos sabían que se estaba llevando a cabo una consulta popular, la administración europea acudía a la opinión de sus conciudadanos para saber que decisión adoptar.

La iniciativa tampoco ha conseguido un gran éxito de participación, pero los casi cinco millones de europeos que se han preocupado y ocupado en participar merecen su reconocimiento. Y sería importante que se promoviera esta corresponsabilidad a la hora de decidir, y precisamente en cuestiones mucho más vitales y decepcionantes de esta alma europea. Porque mientras se nos llena de importancia la nueva franja horaria a utilizar, otras cuestiones como los desplazados migrantes sigue siendo una terrible franja humanitaria sin resolver.

En septiembre de 2015, el mar nos depositó al pequeño Aylan en las desdichadas arenas del desquicio humanitario. Desde Aylan hasta hoy, más de 600 niños han muerto de la misma manera sin que fuéramos capaces de tomar ni una sola decisión que suponga una nueva oportunidad para la vida de cualquier ser humano, ni tan siquiera nos ofrecen ni una sola foto más. La poeta norteamericana Ella Wheeler Wilkox ya lo resumía en su poemario más conocido cuando decía "Ríe y el mundo reirá contigo; llora y llorarás solo".

Y en esa soledad del problema o la injusticia, de lo negativo o lo inhumano, seguimos cobijando esta forma de afrontar la vida comunitaria. Por una vez, podríamos exigir más atención hacia lo que de verdad nos afecta y estorba para mejorar esta macronación que, al final, se llama mundo. Y así nos llega septiembre, como un nuevo ciclo para recoger y una oportunidad para comenzar. A lo mejor solamente es cuestión de intentarlo, porque reír y llorar es también un punto de tiempo.

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