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La pesadilla de los necios

  • Published in Sara Martinez

Decía el poeta maldito francés Charles Baudelaire que "no hay más que dos medios para librarse de la pesadilla del paso del tiempo: el placer y el trabajo. El placer agota y el trabajo fortifica".

Y muchos, nos encontramos en el tramo agotador de las vacaciones. Unimos la sombrilla y la hamaca con miradas de reojo a lo que nos va llegando de la actualidad, intentando que todo siga en un nivel bajo sobre lo que nos pueda deparar esta existencia equilibrista e incierta que nos rodea. A nuestros políticos les está costando también emprender esas vacaciones, y, a lo mejor, buscan ese decir del poeta simbolista francés y tantean fortalecer su imagen pública a golpe de efecto. Casi les desearía la mejor de las suertes en el intento.

Así que, reubicándonos en nuestra cotidianiedad, seguimos sudando esta ola de calor que nos invade, y esta sí que lo hace de verdad, sin que medie ninguna patera a nuestras costas. La vida tiene esa pesadilla del tiempo inerte, donde se repiten imágenes a nuestro paso que nos despistan del horizonte que parece nunca llegar a alcanzarse. Son esas pequeñas pesadillas diurnas del porvenir etéreo que a unos nos provoca reflexión y a otros nos advierte de lo que todavía nos puede llegar a pasar. Es llamativo como la agenda diaria de la información pública juega con nosotros como una escaleta ambulante, donde lo que hoy conforma nuestra indignación y pesar, mañana quedará en el postrero pensamiento para, a codazos, azuzar una nueva situación, para seguir cabeceando con la irritación y el rechazo social. Somos así de circunscritos a la temporalidad que juega como las olas, en un vaivén donde fijar nuestra mirada para entender la levedad de la deseadas soluciones.

En los Pequeños poemas de prosa de Baudelaire encontramos aquello de que "esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el deseo de cambiar de cama". Y resulta tan acertado que parece propio a nuestro tiempo... Jugamos entre colores y banderas, con verdades a medias para justificar nuestras propias posiciones o delimitar nuestra propia visión y terminar acaudillando al más pintado en este espectro públco. Sin embargo, olvidamos nuestra propia afectación social para seguir jugando al aplaudido salto de mata.

Aún así, hay que sentirse reconfortado con lo que somos, aunque sea por aquellos que encontramos cercanos a nuestro coexistir, que no es poca cosa. Por y para ellos ese placer que agota y ese trabajar que fortalece, como recuerdo más cautivador, para apostar por la solidaridad y la esperanza que irán tonificando, a buen seguro, mejores futuros; y condicionará, cómo no, alguna que otra acción o palabra de nuestros representantes. Tal vez, como decía nuestro Dante del XIX, "el más irreparable de los vicios es hacer el mal por necedad". Y ya saben lo que decía Kant: "el sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca"

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