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Entre trogloditas

  • Published in Sara Martinez

Estamos en tiempos de escuchas, que no de escuchar.

Los medios de comunicación nos han ofrecido todo detalle de grabaciones interesadas, y no por ello desdeñables y graves, donde nos explican el modus vivendi de toda una generación de nuestros poderes constitucionales.

Ya lo teníamos claro respecto a nuestra clase política. Estábamos en medio de esta desvirtud preocupante sobre los poderes judiciales, salpicados de ciertos despropósitos que algunos ya quieren aprovechar en sus personalísimas campañas para sacarnos de Europa; y ahora, como quien no quiere dar ni un solo respiro vacacional, nos ofrecen la probabilidad de que ciertas corruptelas puedan empañar la imagen más campechana de nuestra monarquía.

Haciendo caso a Ortega y Gasset, y no utilizar palabras gruesas ante materias graves, me quedo con las fábulas de los trogloditas de Montesquieu en sus Cartas Persas. De alguna manera, reiniciamos sistemas de gobierno donde se repiten los aciertos, pero inequívocamente finalizan con errores que conllevan el volver a empezar. No somos perfectos porque tampoco lo fuimos nunca. Y nuestros representantes tampoco mejoran esa situación. Como les pasa a los trogloditas, a pesar de llegar al estadio democrático, defendiendo la integridad y la felicidad del grupo, el paso del tiempo fractura la paz social obligando a volver a elegir a un honorable anciano al que nombrarán rey. De esta forma, la fábula comienza y termina igual.

Y así andamos los trogloditas de este país. Reiniciando historias, denunciando incesantemente cierta pestilencia que nos acompaña y dejando siempre ese futuro incierto de nuestro lado. Como siempre, volvemos a encontrarnos entre bandos, dejando el riachuelo del fango en medio del enfrentamiento. Difícil se nos hace llegar a buenas conclusiones si el foco lo seguimos poniendo en el de enfrente para que el lodo siga transcurriendo tranquilo y acallado por en medio de nuestras vidas.

El ilustrado Montesquieu ya avisaba al final de su relato que las tradiciones son más poderosas que la ley en sí y que la virtud e integridad importuna a los hombres, por lo que ni el mejor de los sistemas políticos subsiste más de un tiempo limitado. Y será más o menos acertado, pero de alguna manera, la sociedad necesita siempre algún revulsivo para romper tiempos de estancamiento que no nos conducen a nada.

Tal vez sea tiempo de ir más allá de la transparencia del cristal y quitemos espejos donde no nos reconocemos. Tal vez sea el momento de pisar el cauce de los lodos y cruzar hacia otra orilla para saber la verdad que nos rodea y, por lo menos, ojearla. "Para ser realmente grande hay que estar con la gente, no por encima de ella". Así citaba nuestro pensador francés para analizar a la sociedad desde aquella etapa ilustrada y positiva. Y puestos a repetir etapas, quizá nos depare mejores resultados retomar lo mejor de nosotros mismos y mirarnos de igual a igual para impulsar nuevos ciclos. Y mientras tanto, que el último cierre la puerta, por favor.

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