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Perversiones del lenguaje

  • Published in Sara Martinez

Ya lo decía el estadista francés Talleyrand que "la palabra le ha sido dada al hombre para encubrir lo que piensa".

En esta sociedad en la que cada día nos cuesta más leer y apostamos excesivamente por el ver, se nos antoja un ambiente bien interesante para la manipulación y la falta de criterio.

Será por ello que, últimamente, famosean demasiados charlatanes más allá del ámbito político en el que ya nos tenían acostumbrados. La utilización del lenguaje, arma y bandera de nuestra civilización, es y ha sido siempre, ese blasón de doble borde con el que dominar con mentiras o realzar la verdad de pensamiento.

Los tiempos que vivimos se rellenan con imágenes, con efectos sonoros que dominan la mayor parte del significante del mensaje, y queda como secundario el verdadero significado para quedar adscrito casi al atávico conocimiento. Cada vez sabemos más de rumores y cambios de plano y hemos olvidado la riqueza de los sinónimos y antónimos que como parábolas reconfortarían mucho mejor nuestro pensar y nuestra letanía día.

Me sorprende averiguar en esta observación semanal lo que nos ofrecen públicamente todos los estamentos activos de la actualidad, como se utilizan palabras gruesas como golpistas, censores, proetarras, claudicadores, mentirosos, entregados.... en fin, todo un descrédito lingüístico como arrojo al contrincante. Y aunque ya llevamos mucho tiempo con este periodismo de alegatos que tanto nos entretiene, no es por ello, el más equidistante ni el más neutro. Ya lo avisaba Saramago en 2005 en un Foro sobre Democracia y Universidad cuando hablaba de las palabras que mienten, que engañan porque "quien las dice está manipulando para alcanzar objetivos que de otra forma no podría conseguir". Esto no es nada nuevo. La historia de nuestra civilización está enmarañada de soflamas que han confundido y han enfrentado bandos y pueblos y de las cuales, hemos sufrido los peores efectos belicistas e intolerantes.

A pesar de lo que nos enseña el tiempo pasado, despreciamos el mensaje y el pensar para quedarnos en el rápido slogan modernista, rápido y torpe, que nada enseña pero convence al más pintado. Y esto tampoco es nuevo. Todos deberíamos saber que el discurso de la estructura del poder es tan viejo como la propaganda que deforma o suprime las ideas y las informaciones no deseadas. Precisamente en estas últimas podríamos encontrar nuestra necesidad de conocimiento, abrir nuestro pensamiento con quienes enfrentamos ideas para discutir sin necesidad de compartir y defender el derecho de cesión como ese ceder o entregar la libertad de opinar de cualquier persona.

Una oportunidad para nuestro saber y una estrategia para interpretar todo aquello que, aunque no nos guste, existe y nos rodea.

Ya en el siglo XIX decía el filósofo Karl Marx aquello que "el poder político es simplemente el poder organizado de una clase para oprimir a otra". Una reflexión demasiado gruesa para nuestros tiempos. Casi preferiría las reflexiones de una mujer más contemporánea con Hanna Arendt que entre sus tratados sobre teoría política, mucho más pluralista, resaltaba que "nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político". En esa implicación tan necesaria encontraremos muchos beneficios sociales pero también podremos acceder al más importante que es nuestro propio pensamiento, único e irrepetible, certero o errado pero personal e inherente a este vivir que no toca ejercer.

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