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Olvido e indiferencia

  • Published in Sara Martinez

Dice un proverbio árabe que "los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres".

De alguna manera, deconstruimos muchas infancias para intentar proyectar ese sueño de la madurez que necesita casi siempre de esperanzas, pero con demasiadas mochilas de nostalgia. Situándonos en la alegoría, podríamos decir que un país construye sus nuevos tiempos dejando por el camino los hechos y desechos de etapas pasadas. Toda una trayectoria vital que adolece de experiencia y condena a repetir males pasados y errores demasiado dañinos.

Y así damos la bienvenida a un nuevo mes, enfrascados entre las bicicletas que saben a verano y con el rabillo del ojo en todo aquello que nos ofrecen nuestros gestores, que todavía no están de vacaciones. Es lo que tiene la recuperación del tiempo perdido en una legislatura que, entre la ciudadanía, redobla entre campanadas de frenética prontitud. Me gusta ver a nuestros políticos enfangados en trabajos. Que si los presupuestos para el año que viene, que si un acuerdo para las subidas salariales, que si nuevas políticas sociales, o cuestiones tan necesarias como una nueva gestión de los medios públicos de comunicación o retomar demandas tan de nuestro pasado como la memoria histórica. Esa evocación al padre de nuestro tiempo que arruga nuestra conciencia colectiva y molesta su existencia.

Entre algunas citas del contemporáneo novelista checo Milan Kundera encontramos, posiblemente, el origen de este ronroneo continuo, que parece no tener conclusión en nuestro país, cuando decía que "la cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir".

Efectivamente, todo es cuestión de cultura. Esa asignatura que cualquier gobierno parece readaptarla a lo fácil y secundario o, como mucho, a materia triturada para el mercado económico. Por el contrario, debería sustentar el nervio central de nuestro proyecto común mejorando nuestra convivencia y ampliando nuestros referentes. Es difícil entender esta patria nuestra sin esa seña cultural, donde encontramos lo más genuino de nosotros mismos y, lo más importante, la diversidad de lo que somos. Y en esas benditas diferencias está nuestro pensar y nuestro vivir para construir la conciencia colectiva de la que tanto carecemos.

En esa falta de cultura social debe estar el defecto, ya que cuando se intenta lidiar con tics anacrónicos que aún existen en nuestro tiempo, como monolitos oscuros que homenajean a bandos bélicos y dictadores, o “medallean” a quienes reprimieron libertades con métodos sanguinarios y ultrajantes , parece ser motivo suficiente para volver al mantra de la división civil y a una malinterpretada reconciliación forzosa entre sensibilidades encontradas. Sí, es cuestión de cultura, porque extirpan parte de nuestra memoria colectiva justificada en la solución del olvido. Demasiado hemos apostado a las omisiones históricas, y entre sus rendijas nos siguen colando indecentes interpretaciones del pasado que nos persiguen hasta nuestros días.

En esa realidad huidiza que nos envuelve, recuerdo a quien mejor la sabía explicar. Decía José Saramago, nuestro portugués lanzaroteño, que "hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza en el olvido y se termina con la indiferencia". Olvido e indiferencia, malos argumentos para el pensar y el vivir, y casi un lamento para transmitir nuestro tiempo.

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