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La Revolución de la dignidad

  • Published in Sara Martinez

Dice el psicólogo italiano Walter Riso que "de nada sirve que te endulcen los oídos si te amargan la vida".

Podría ser el resumen de esta ominosa semana en la que hemos estado inmersos, con una soledad de dignidad y una tromba final de justicia implacable. Menos mal que tenemos el ansiado fin de semana para reflexionar con nosotros mismos o, como mucho, compartir tiempo con algún que otro partido de fútbol.

Cuando aún resonaban, cual disco rayado, los ecos de los casoplones y otras lindezas menos edificantes sobre la vida personal de algunos, nos estalló en las narices la ya recurrente y detestable corrupción que llevamos aguantando ya demasiado tiempo. Y mira que estábamos avisados. Nada bueno podía salir de todo esto. Y cuando, precisamente, casoplón a cuento, abogábamos y poníamos el listón altísimo en cuanto a la coherencia de nuestros políticos, llega la cruda realidad jurídica para desmontar esa congruencia de pacotilla, no por definición, sino por exaltación interesada, y darnos un bálsamo de deberes para recuperar el sentido real de las cosas.

Pero ante tanta sutileza periodística en la utilización de la más reciente hemeroteca, nos encontramos con la realidad más absoluta de los últimos 20 años de la partitocracia que ha regido los destinos de nuestro país. Nadie podrá negar que tras el envalentonamiento de ese joven PP que alcanzó sus mayores éxitos electorales con la bandera de la honestidad y la lucha contra una corrupción indeseable, tejieron o, como poco, dejaron tejer la mayor trama institucionalizada de saqueo nacional. Podrán llamarlo casos puntuales o manzanas podridas, pero lo cierto es que la suma de instituciones manchadas es demasiado extensa para seguir usando nuestro intelecto de tragaderas.

Decía un político de Singapur en aquel siglo XX -cómo pasa el tiempo- que "si quieres derrotar a la corrupción debes estar listo para enviar a tus amigos y familiares a la cárcel". Debe ser inherente a esa desconocida cultura oriental, que pausa tanto las palabras para caminar sin ruido en la vida, sin cambiar de paso ni dentro de la tormenta. Poco que ver con nuestra vena siempre inflamada y tan latina, que nos lleva a los exabruptos más hostiles a pesar de las evidencias tan clarificadoras. El respeto a la ciudadanía, a un país y hasta, si quieren, a una bandera se demuestra con los hechos, y, desgraciadamente, poca prueba dan de ello en estos tiempos los propios que nos gobiernan. De nada nos servirá como sociedad que unos casos de corrupción quieran ser justificados con otros. Somos mucho de pescadilla, y al final, solo conseguiremos vivir en una envenenada espiral de silencio mordiéndonos la cola enfangada de nuestra propia conciencia y de los valores democráticos que deberíamos anteponer a los intereses partidistas.

Creo que sería bueno abrir nuevas etapas de credibilidad en este nuestro país. Creo que es bueno que superemos la apatía de que todos son iguales, y que las mayorías parlamentarias sean respetadas. No somos un país presidencialista, y si respetamos la constitución, la numérica de escaños es la que nos representa. Y a ellos les toca remover nuevas oportunidades para gobernar este país. No se nos puede engañar con intereses de siglas para alargar situaciones dramáticas que dejan la imagen de nuestro país en niveles mezquinos sobre nuestra política y nuestro gobierno. Ni tampoco, y sería una vez más, nos pueden engatusar con el miedo a la inestabilidad económica para seguir tragando decepciones sobre el buen hacer público. Decía Chesterton que "debes tener la democracia para hacer una revolución".

La democracia ya la tenemos. A lo mejor ya llegaron los tiempos para hacer algo importante que nos limpie de tanta mendacidad.

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