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Ilusiones persistentes

  • Published in Sara Martinez

Hoy me apetece pensar en futuro.

Posiblemente por el influjo de la ilusión persistente entre el pasado, el presente y el futuro. Y así, en ese pensar, dibujar nuevas líneas de esperanza para dilucidar lo que no tendría que venir.

Hablamos mucho, últimamente, de todo aquello que se hace en las redes sociales, de lo que comparten una gran mayoría de personas en el mundo, de lo que cuentan unos y lo que descuentan otros, incluyendo, como no, a nuestros queridos políticos. Y en ello también vamos a la zaga los medios de comunicación. Raro es el día que no forma parte de esta vida cibercotidiana alguna perla ideológica sobre insignes temas de nuestra convivencia. Hace tiempo que comparaba los chat y demás formatos interactivos con esas viejas barras de bar donde siempre existían diversos perfiles sociales.

Desde el discreto que escuchaba y sonreía a la conversación, hasta el bravucón que espetaba a la primera de cambio la mayor estupidez posible. Aderezaban la estampa aquellos que, sin compartir grupo, siempre añadían en voz alta algún comentario limítrofe, aunque nadie les invitara a ello. Y cuántas veces todo ese proceso ha llevado a discusiones abruptas y hasta intervenciones del tabernero para zanjar las palabrerías y terminar todos en la calle con mayor o menor virulencia.

Pues así es nuestra vida cotidiana enfrascados en las redes interactivas. Todo un termómetro sociológico para saber hacia donde vamos desde este presente tan incierto. Con todo esto, no soy precisamente una enemiga de ellas. Todo lo contrario, me parecen un canal estupendo de aprendizaje global, de saber de primera mano lo que piensa mucha gente, no la mayoría, pero sí una porción considerable.

Aún así, mantenemos, como en todo, unos riesgos impropios muy vinculados en este caso con la libertad de expresión y opinión, que deberíamos recordar que es ella en sí misma la única moneda de cambio para el ejercicio real de un derecho tan fundamental y tan excepcional del ser humano. Nadie debería poner cadenas a expresar ideas aunque sean deleznables. Pero nadie debería, tampoco, utilizar sin más, por pura higiene mental, esa hermosa función para molestar la inteligencia de los demás.

Todos deberíamos saber, por otro lado, que hacer pública nuestra opinión es todo un reto hacia la sociedad en la que vivimos y una responsabilidad colectiva que construye los caminos de nuestro futuro. Y desgraciadamente, ese principio tampoco lo hemos respetado, desde hace ya tiempo, los propios medios de comunicación. Debatir ideas se ha convertido simplemente en polemizar. Tanto da el argumentario del contrario. Hemos cambiado la paridad de ideas por el fango dialéctico. Gracias a esta situación, muchos se llevan las manos a la cabeza sobre lo que ocurre en las redes sociales, cuando, una vez más, la sociedad sigue siendo el reflejo pasivo y mimético de todo lo que se ejecuta, vía actores activos, en la conformación de la opinión pública, con la responsabilidad que ello conlleva.

Y para hilvanar mejor todo esto, ya ha comenzado a vislumbrarse una campaña a favor de legislar, otra vez, sobre lo que podemos hacer, o no, en las redes sociales. Y estoy convencida que volveremos a meter la pata, anudando un poco más esta pobre libertad que parece cada día más famélica con argumentos tan etéreos y peregrinos como el de la incitación al odio.

Algo que se sustenta más en una condición o percepción personalísima y que forma parte de nuestra escaleta diaria, con el peligro de socializar no sé qué comportamientos que tienen más que ver con la acción que con el pensamiento.

Y gracias a todo eso nos tienen preocupados diariamente con lo que piensan unos u otros, y nos olvidamos de lo que se hace cada día, cuando esto último sí que nos afectará realmente. Ya encontramos en las discusiones de Sarmiento y Alberdi esa estupenda aseveración sobre que "las ideas no se matan, se debaten". Por tanto, el odio no debería formar parte de ese espacio. Para odiar hay se sufrir esa repugnancia violenta que conlleva, y poco dirá de nosotros su utilización, sin más.

Tal vez sería mejor incidir en el manejo responsable de nuestras capacidades reflexivas cuando nos expresamos y no pensar tanto en la censura del otro. Como dijo una vez Einstein, "la vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa". Y en ello sí que nos encontramos la mayoría.

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