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El espejo cóncavo

  • Published in Sara Martinez

Comentaba un sepulturero en Luces de Bohemia de Valle Inclán, mientras esperaba su faena cotidiana, que "en España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo".

Menos mal que el compañero de oficio se comporta como buen español y le contesta eso tan nuestro de "¡no hay que poner las cosas tan negras!”. Y así andamos, debilitando las realidades y amasando retahílas de mentiras para seguir caminando. En nuestros quehaceres cotidianos como ciudadanos nos hemos dejado algunas asignaturas pendientes, a pesar de acumular todos nosotros demasiadas convalidaciones no contrastadas en teoría democrática, arrasando con cum laude el título de país democrático donde se precie sin pasar por trabajos o exámenes finales. Nos regalaron los oídos con una inmejorable transición que nos hizo hinchar pecho en aquellos desordenados noventa, donde éramos los reyes del mambo y la envidia de todos los países del mundo mundial. Y en ese engaño masivo fuimos creciendo. Éramos modernos y progres, y el pasado quedó vacío de contenidos porque lo que fue ya pasó y por allí se nos quedó. No importaban las heridas de muchos porque el futuro valía la pena.

De alguna manera, ese olvido de lo que fuimos ha podido construir una sociedad un poco enferma, de verdad. Ya saben aquello que quien olvida su pasado, corre el riesgo de repetirlo. Y nuestro querido país lleva ya más de una década en un círculo vicioso entre la denuncia pública y la creatividad esperpéntica para asumir cualquier responsabilidad y dejarla bien tapada. No sé cómo no estamos ya exhaustos de corretear en la noria como los ratones. Demasiado ejercicio físico para el necesario y minucioso trabajo mental. Si hace una semana lo interesante era saber qué pasaba con un maldito máster, en ésta se nos han enmarañado posgrados, licenciaturas, grados, Bolonia, antes y después... uff. Por una vez que nos cuentan algo sobre la necesaria formación, tenía que ser por estas motivaciones recurrentes que empiezan a embarrar todo lo que se toca en nuestro país.

La mezquindad, la mentira, el aparentar lo que no somos forma parte de esta genética nacional tan encumbrada. Lo triste es que a pesar de constatarla y no penalizarla, la sonreímos y hasta la justificamos porque todos hacemos o nos gustaría hacer lo mismo. Tanta asignatura convalidada sobre justicia y democracia civil nos ha llevado a esta situación de la que parece que nunca hemos salido. Con estas formas no sé qué le podemos exigir a nuestros gobernantes. Jugamos a la ideología para seguir haciendo boquetes a un sistema de igualdad de pensamiento, y lo que hace mucho tiempo que no escuchaba abiertamente comienza a retratar la carencia en el respeto y la ética en esta sociedad.

Y día a día nos han ido convenciendo sobre la exclusiva responsabilidad ante la justicia. Y eso es un terrible error como sociedad. Cualquier día, más que urnas, nos enseñarán mandamientos judiciales para saber quienes pueden o no gobernar. Entre tanto barullo nos quedará en las cunetas nuestra dignidad como ciudadanos, y como decía un director de cine no hace mucho, al final tendremos que ponernos un cartel donde ponga "no soy gilipollas". En fin, como decía el razonable sepulturero, no demos riendas a la negrura de nuestro futuro... o sí? Tal vez, como dice Ramón en sus Sonetos, "lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota". Todo dependerá del espejo que miremos, y claro, el espejo lo siguen poniendo otros.

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