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La manada entre la niebla

  • Published in Sara Martinez

Durante esta semana hemos celebrado, a pesar de la invisibilidad de los medios, el día mundial de la filosofía. Una pena que no nos sirviera para darle una oportunidad al pensamiento y su estructura.

Ese mismo día saltaba a la opinión pública la crónica del juicio a cinco hombres apodados "La manada" por la supuesta violación de una mujer en los Sanfermines de hace dos años. Y nuevamente, la indignación por el desarrollo de estos juicios nos desvelan ciertos estereotipos sobre la condición social de nosotras, ese lado sexual de la humanidad. No hace falta reprochar que una buena parte de la ciudadanía ha puesto el límite al sutil machismo que todavía es capaz de filtrarse en reportajes y analistas de la crónica judicial.

Pero, ciertamente, deberíamos reconocer que es el resultado de un inmovilismo depredador sobre la mujer en la sociedad. Decía Monique Wittig que "las mujeres aunque extremadamente visibles como seres sexuales, permanecen invisibles como seres sociales".

Es precisamente en este concepto de visibilidad donde comienza nuestro pozo sin fondo. Todo lo que tiene que ver con la mujer siempre se relaciona desde su condición sexual. Podrás ser una gran empresaria, pero se destacará tu forma de vestir; podrás tener el reconocimiento en tu tarea profesional, pero siempre te preguntarán sobre tu familia y tu capacidad para conciliar con ella; podrás ser ama de casa, pero siempre te preguntarán sobre el mantenedor principal de la economía familiar. Y a pesar de todo esto, sigue en pie una actitud en contra de las teorías feministas y de las reivindicaciones sociales, tan necesarias para evolucionar sobre estos roles que nos martirizan día a día desde la condición de mujeres. Pocos de nosotros reconocemos la historia de la filosofía a partir de pensadoras. Se encumbra a hombres como Rousseau, tan interesante en la teoría politica pero tan cojo en la igualdad entre hombres y mujeres.

En verdad, parte de la culpa de ese pensamiento, del que no solo pecó Rousseau, la tiene mi querido Aristóteles con su problema de la voluntad de la mujer sometida. Todo esto forma parte de nuestro pensamiento, pero es triste reconocer que a día de hoy poco sabemos del pensamiento de sus contemporáneas. Se sigue sin saber el razonamiento de la otra parte de la civilización, silenciando a Hiparquia de Maronea o Hipatia. Una pena perderse el pensamiento de Olimpe de Gougues o Sophya de Grouche, representativas y contemporáneas con el autor del Emilio, y que supusieron la entrada de la mujer como tal en la declaración de los derechos de los ciudadanos libres.

Evidentemente, con estas disecciones al saber universal ha sido fácil continuar con una forma de entender a la mujer dentro de la sociedad desde ese prisma que llega hasta nuestros días, poniendo siempre en duda el papel de la víctima cuando se trata de una mujer. Tener que escuchar que se investigue por parte de un detective la vida de una mujer presuntamente violada y que forme parte de la causa a juzgar, delimita nuestro sentido jurídico de la realidad. Pero todo sea por las garantías en el estado de derecho. Otra cosa es admitir como normal el uso de la mujer para convertir el sexo en algo efímero en un portal y unos minutos de tiempo.

Otra cosa es cosificar a la mujer en su uso y su abandono. Nadie debería estar contento con estas actitudes ni debería jutificar este funcionamiento animalista de nosotros mismos. Nadie debería poner en duda que las personas no se usan. Flaco favor le hacemos al futuro de nuestra sociedad si seguimos poniendo en duda el valor ético de nuestro comportamiento con los demás. Me quedo con esto. Ni siquiera quiero entrar en el consentimiento o no de la víctima para defender el comportamiento grotesto de los acusados. Nos alarmamos con el dramático aumento de la violencia de género, pero seguimos dejando los rescoldos de nuestro brutismo social.

Nos queda un bosque demasiado lleno de manadas y con pocas luces para diferenciar los pocos aciertos de nuestra convivencia. Y como siempre, sigue siendo idelogía sustentada por un sistema social que todavía enaltece esta diferenciación entre los mismos. Ya decía Virginia Wolf "me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantos poemas escribió sin firmarlos, era a menudo una mujer". Pues a pesar del tiempo y el espacio, seguimos en ello, entre la niebla y con muchos lobos.

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