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Como el aceite sobre el agua

  • Published in Sara Martinez

Y por fin llegamos al final de un proceso convulso en este espacio político que es España.

Este país intrépido en la historia y que reclama siempre su derecho a la siesta y al almuerzo. Somos así, con el rabillo del ojo en el pasado y los pies descalzos en los caminos del destino. Nos faltarán siempre manos para conciliar y acordar. Nosotros somos los que siempre tenemos algo que abanderar, y miramos hacia otro lado en el día a día. Será porque somos mucho de celebraciones. Nos gusta teñir de festivo el calendario a pesar de que, pensándolo bien, no tengamos mucho que celebrar. Pondremos un día coloreado más a nuestro tradicional calendario, donde unos llorarán de emoción y otros adiestrarán con bandeloras la gran patria que tenemos.

En fin, sigo pensando que quienes tienen que ofrecer soluciones son aquellos que nos representan. También considero que para este tipo de declaraciones trepidantes de repúblicas o elecciones podríamos habernos ahorrado unos cuantos especiales televisivos hace ya mucho tiempo. Enconarse en los propios rincones del cuadrilátero nacional ha supuesto desordenar las calles. Y no seamos necios, a la gente nos empujan unos y otros.

Si pudiéramos sacrificar por unos días esta siesta vespertina tendríamos tiempo de leer algo más sobre la actualidad completa y compleja de nuestro país. Nada quedará ni regresará a su punto de partida porque hace tiempo galopamos hacia extremos divergentes. Todos hablan de la división en la sociedad catalana, pero nadie escenifica que el resto de los españoles llevamos haciendo lo mismo diariamente. Somos un país que con el argumento del "tú más" dejamos a sus anchas la corrupción y la mentira. Somos un país que nos gusta radicalizar los posicionamientos sin valorar que atacando siempre perdemos.

La situación en la que nos encontramos finalmente, queda enmarañada de falta de diálogo e improvisación. Pocos visos tendrá de salidas equitativas y respetuosas por parte de todos. Ni los independentistas interpretarán una conciliación con el resto, ni los españolistas sabrán promover respeto hacia otras formas legales que puedan emanar de la legitimidad de los pueblos. Dos opciones diferentes de administrar la vida de los ciudadanos que pasarán de puntillas ante el estercolero de imágenes y noticias de nuestra patria.

Leyendo a nuestro filósofo Emilio Lledó, apuntaba que "la riqueza de un país no está en su economía, sino en su cultura". Desgraciadamente, esta bipolaridad de fundamentos lleva siendo contraria a nuestros intereses hace ya mucho tiempo. Nuevamente tendremos que esperar a más acontecimientos, y volveremos a tener los especiales televisivos echando humo. Recurro nuevamente a Schopenhauer para reflexionar sobre lo que nos queda por vivir. "Toda verdad tiene tres fases: primero es ridiculizada; segundo, recibe violenta oposición; tercera, es aceptada como algo evidente". Seguro que se lo aplicarán todos.

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