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  • Published in Sara Martinez

Llegados a la situación actual, creo que se hace imprescindible reorientar muchas especulaciones y posicionamientos, porque los llevados hasta ahora no han encaminado muy bien la situación.

Parece que cada uno de nosotros nos hemos convertido en miles de expertos. Sabemos de leyes, conocemos al dedillo la constitución o reconocemos el derecho internacional como tema de tertulia diaria; mantenemos una sapiencia absoluta sobre nuestra historia y la del prójimo y reivindicamos las urnas como el mayor tesoro que tenemos como sociedad. Con este bagaje, me chirría el momento que vivimos. Algo fundamental hemos tenido que dejar de hacer bien hace mucho tiempo. La semana se ha saldado por acciones y reacciones sobre el cumplimiento de la ley.

Totalmente de acuerdo, pero... ¿Siempre se cumple la ley? Desgraciadamente no. Los ciudadanos bien lo sabemos, y si no fuera así, tampoco nos exime de sus consecuencias. Nuestro gobierno tiene igualmente ejemplos de esos incumplimientos, si no que se lo digan a los afectados por la ley de memoria histórica, la ley de la ciencia, tecnología e innovación, la ley de violencia de género, la ley sobre indultos, la amnistía fiscal... en fin, que jugamos mucho a estar muy cerquita de la línea roja sobre democracia y derecho. Por otra parte, nuestra carta magna lleva siendo manoseada indiscriminadamente en estos días a sabiendas de que su interpretación va a conllevar posicionamientos muy diversos, sin necesidad de convertirse en un anticonstitucionalista ni en un delincuente secesionista.

Doy por supuesto que la mayoría de los ciudadanos no nos hemos leído de arriba a abajo esta ley de leyes que nos gobierna ya tantos años, ni sabemos que posteriormente se legisla para crear los cauces para su cumplimiento. Tampoco creo que la mayoría de nosotros hayamos leído con afán los 34 artículos y hasta sus disposiciones finales de la ley catalana para la celebración del referéndum. Y todo esto tiene una explicación muy lógica, confiamos en nuestros políticos, aquellos que nos representan de acuerdo con sus idearios o promesas temporales.

Ellos son los que deben dar solución a los problemas que surjan y a interconectar posicionamientos para llegar a soluciones viables para todos. Reconozcamos que el gobierno catalán lleva muchos portazos desde 2010, con el recorte al estatuto, o la negativa en el 2012 sobre el pacto fiscal que aprobó el parlamento catalán. Así las cosas, a nadie nos debería sorprender la situación que vivimos. Y ya nada me empieza a gustar. No me gusta ni el proceso ni las banderas que no sirvan, simplemente, de indicativo de lugar de concentración. No me gusta esa sensación de limitación de la expresión del pensamiento cuando hablamos de formas de entender la convivencia de los estados. No me gusta ningún adoctrinamiento, y mucho menos si viene desde voces interesadas aunque se disfracen de periodismo. No me gusta...

Me gusta la gente, la que piensa parecido y la que me resulta incomprensible.Me gustan los colores, y no necesariamente ni en banderas ni en siglas. Me gusta el bullicio de las calles, y no solo para los fetivos. Y me gusta el compromiso con la tierra que piso, aunque sea para soñar que alguna generación entenderá que todo puede cambiar siempre y cuando sepamos aceptar que nada es perfecto, pero en el intento sí que perfeccionamos todos. Encuentro una frase de Churchill que decía "un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema"..... Pues, desgraciadamente, estamos en ello....

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