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Entre canas de juventud

  • Published in Sara Martinez

Hace tiempo, mucho antes de empezar a encajar canas en mi cabeza, soñaba con las ilusiones de aquellos años 80.

Tiempos de cambios, de frescura devorando libertades, autocensura de ciertos “tics” franquistas que se arrastraban en algunas palabras de lo cotidiano, y con cierta desazón por intentar correr todavía un poco más. Lo normal era lo diferente, lo digno estaba en permanecer abierto a muchas cuestiones hasta ese momento silenciadas, lo aventurado era creer siempre en lo que todavía tenía que llegar. Me daba la impresión de que mi país renacía al mismo tiempo que yo, en una ilusionante juventud.

En aquellos tiempos y por motivos familiares, regresaba cada verano a mi hermosa aldea ourensana. Aún vivían mis abuelos, en aquella casa labriega en la que, poco a poco, iban desapareciendo los animales de la cuadra y reconocía nuevas arrugas en las caras de mis antecesores. A vista del presente, se me queda una metáfora del tiempo, donde lo viejo convivía con la resignación de la vejez y el ímpetu de la nueva juventud.

Recuerdo ahora, que los más mayores también tuvieron sus ilusiones, su destreza para una sociedad mejor y su media sonrisa al escuchar las esperanzas de los nuevos tiempos. Recuerdo a mi abuelo contar los momentos duros y tensos de aquellas últimas votaciones democráticas antes de la guerra civil y los silencios de mi padre para explicar sus tristes vivencias en el frente. Siempre me quedó en la mente el dolor social que produjo una opción tan sangrienta e injusta como fue el conflicto bélico para “salvar al país”. Y así andamos, porque de salvapatrias seguimos sobrados.

Peinando estas canas que me acompañan, retomo la actualidad que nos invade diariamente con el martillo de la política, el desasosiego social y los problemas cotidianos que se desplazan al comentario de calle con los vecinos. Escasa vigilancia real hacemos los ciudadanos de lo que nos pertenece. Poco importa el hecho de seguir diciendo que los representantes políticos son todos iguales, desperdiciando esa hermosa responsabilidad que nos debería hacer más aptos para elegir con justicia democrática. Parece que nuestra actitud con lo público adormece en una postura infantil, esperando siempre que otros solucionen y ajusticien nuestras propias decisiones . Parece que preferimos que cada día nos sigan diciendo lo que está bien y lo que está mal.

Tremendo riesgo, porque siempre nos querrán convencer que lo malo no es tan malo y lo bueno tampoco lo es tanto. Por ello, amenizan las tertulias aquellos que defienden lo indefendible, incluso con la falta de decoro de apoyarse en seudoencuestas de opinión para convencernos. Por ello, rechinan los dientes cuando se plantean opciones parlamentarias que hasta molestan ser escuchadas o propuestas de mayor participación en lo de todos... cuánta comodidad...

Me quedo sentada en la misma piedra donde lo hacía mi abuelo, y reconozco en sus palabras lo que una vez leí al recordado Carlos Casares: “Sonche cousas da vida e dos homes, que somos coma lobos uns para outros, coma lobos”. Lo malo es que hasta los lobos son mejores entre ellos.

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