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Envejecer el tiempo

  • Published in Sara Martinez

Será que nos hacemos viejos; será que nuestra joven y moderna sociedad española de los 90 saltó rápidamente, a una senectud trepidante, saltándose la edad adulta y buscando una tenue jubilación apalancada en eufemismos. Esos que ahora se llevan tanto.

Y se nos pasan los días con las consabidas tramas corruptas semanales, primarias que suenan a secundarias, o propuesta de moción de censura que, por el momento, lleva más horas de cobertura que la aprobación de los presupuestos del estado de este año.

No andan los tiempos muy cercanos a cierta claridad de pensamiento. Parece que la discusión pública deba ser unidireccional. Si se plantean alternativas desde un mismo hecho, el resultado es la fragmentación y la falta de proyecto. Lejos nos queda ya la pluralidad y la diferencia de criterio, donde la divergencia de posicionamientos y propuestas provoca más desazón que riqueza de argumentación. Encasillamos la opinión pública en algo irreal donde una especie de pensamiento único, entumece las formas y maneras en un protocolo bien encorsetado para funcionar en el chascarrillo diario.

Quienes defendían las primarias dentro de las organizaciones políticas, rasgan ahora sus vestiduras por la división de opiniones. Verifican el riesgo de cisma y ruptura de la organización, olvidándose que la razón de las elecciones es la necesidad de obtener la mayor representación equitativa en la diversidad de propuestas. Parece que defendamos las mayorías absolutas y la convergencia imprescindible en opiniones únicas. Si reflexionamos las consecuencias en lo público, encontramos que el origen de muchas de las corrupciones que hoy conocemos, se encuentra en la gestión, precisamente, de esos gobiernos que nos vendieron como los más eficaces.

No estoy por la labor de defender propuestas políticas de ninguno, pero me asombra la inquina que ha provocado el anuncio de una moción de censura al actual gobierno central. Parece que proponer opciones de discusión sea uno de los pecados más mortales que pudiéramos sufrir. Una opción parlamentaria que sirve como herramienta para remover la acción de gobierno. Pero, en cambio, nadie es capaz de negar la situación, en algunos casos esperpéntica, con el cúmulo de informaciones diarias y sus consecuencias judiciales.

Abraham Lincoln dijo “Del mismo modo que no sería un esclavo, tampoco sería un amo. Esto expresa mi idea de la democracia”. Parece que en esta nueva era de la posverdad, reclamamos ser amos no solo de nuestras opiniones, sino también las del resto, posicionándolas en la absoluta certeza, sin acordarlas con sus diferentes, dejándolas huérfanas de realidad.

Hemos celebrado un año más el Día Mundial de la Libertad de Prensa. Una vez más, reivindicando el tándem libertad de prensa y democracia, antídoto para las mentiras que arraigan socialmente. Me quedo con las reflexiones del último Premio José Couso del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia, el periodista Xosé Hermida. En ellas aprecia un mayor peligro en el derecho de los ciudadanos a estar bien informados que en la libertad de expresión. Acuno su reflexión porque sin nuevos argumentos, sin nuevos puntos de vista, nada haremos con el paso del tiempo.

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