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El pino del halcón

  • Published in Juan Costa

Desde mi balcón, como muchos otros vecinos de Mislata se podían ver los enormes pinos del chalet que está al principio de la Avenida de Gregorio Gea.

En esta pandemia dicen las frías estadísticas que hemos perdido la vida de nueve vecinos. A esas vidas tan valiosas hay que sumar las de dos pinos monumentales que contemplaron en 1952 desde una posición privilegiada el gravísimo accidente en que el tren de Llíria arrolló a un tranvía de Torrente causando cinco muertos y veintisiete heridos. Hace ya más de setenta años y creo que no quedará ningún vecino prácticamente que pueda relatar lo que ocurrió entonces.

Bueno, si, alguno queda y lo quieren ingresar contra su voluntad en alguna residencia de ancianos, de esas que han demostrado ser tan seguras durante esta maldita pandemia. Algunos vecinos se lamentaban de que los dos árboles monumentales fueran talados y no simplemente podados, y apelaban a la protección que merecen estos árboles centenarios que resultan singulares. Pero es que en Mislata no hay ningún monumento protegido, ¡ni siquiera la Cruz de Mislata!, En este sentido no hemos avanzado mucho. ¿Has oído hablar de la “Casa Gran” de Mislata?.

En un artículo en el País publicado en 2005 titulado el Alma de Mislata se escribió que: “La Casa Gran desapareció víctima de una época donde no había aprecio por la historia, resultado de la ignorancia de unos hombres no sé si buenos, que creo estar seguro no lo hicieron con mala intención.”

Ahora con la excusa de la prevención de la pandemia el ayuntamiento se ha convertido en inexpugnable bunker, para mantener un poco más alejados a los vecinos de sus representantes. Es un efecto perverso, no buscado de la crisis sanitaria, pero que refleja la tendencia dominante entre nuestros actores políticos. Los vecinos no pasarán del vestíbulo sin una cita previa. Importunar y contagiar son casi lo mismo.

Pero queda claro, para mí, que no aprendemos. Ahora este par de pinos, luego la pinada que estorbe al proyectado centro comercial. Y así seguimos desgranando poco a poco una misma letanía aborrecible. ¿Ignorancia o mala intención? ¡Qué más dará! A efectos prácticos mientras los adormecidos vecinos de Mislata sigan dando su voto a gestores sin corazón es difícil sino imposible que las cosas cambien, hay quienes se sienten dueños de Mislata y de todos los resortes de su gobierno, independientemente de que sea un alcalde del PP o del PSOE quien nominalmente presida la corporación municipal. Es un poder inmerecido y omnímodo ante el que se pliegan todos los actores políticos de forma apática.

Y mientras eso sea así seguirá resonando la pregunta que cerraba el artículo del País en el 2005: “Y ahora la pregunta es ¿dónde está el alma de Mislata, qué somos y a dónde vamos?”

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