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Los 7 de Mislata

  • Published in Juan Costa

Uno para todos y todos para uno. Así me parece que era el lema de los tres mosqueteros, que en realidad eran... cuatro.

Las palabras no consiguen encerrar la realidad, siempre necesitan puntualizarse un poco más, y sin embargo al intentarlo no hacemos sino ensanchar un poco más el boquete por donde la verdad se escapa a borbotones.

¡Normal! diréis, porque la vida es como el errático vuelo de la mariposa, no parece que tenga una orientación clara.

La mosca parece que va más directa en su vuelo, pero ¿quién quiere ser un moscardón pudiendo ser una mariposa?

En el tiempo de nuestras vidas hemos visto cómo se plastificaba el amor, y el mar oceano también, poner puertas al mar es tan difícil cómo poner ventanas al amar.

Se puede ver el sexo, pero no se puede sino sospechar el amor, por la forma de entornar los ojos que tienen algunas miradas.

Ahora que todos cierran los ojos al sonreír, vamos cegados de intensa luz.

Antes abrir los ojos nos sumergía en una oscuridad tan negra que ni a tientas encontrábamos el camino.

El miedo a adelantar despedidas nos atenaza, y sin embargo nunca hubo tanta libertad de movimientos, ni tanta gracia sutil pudimos encontrar en cuerpos pausados.

Si el amado racionaba sus apariciones, ahora entendemos porqué, era un entrenamiento imprescindible para seguir ejercitando la paciencia en estos días.

Para que el amor nos eleve hemos de planear a ras de suelo en lo cotidiano. En Mislata nos decían que éramos casi cincuenta mil, y ahora vemos que somos siete.

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