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Cuento para adultos

  • Published in Juan Costa

Las especies animales que nos acompañan van desapareciendo una tras otra, su despedida es apenas el eco de un titular rápidamente anulado por la actualidad política que nos envuelve.

Y así el ministro que dimitió batiendo un nuevo récord eclipsa la despedida de un especie única de escarabajo que desaparece a consecuencia de la voracidad urbanizadora.

Nuestro ayuntamiento se frota las manos pensando que las arcas vacías se colmaran pronto con un río de ingresos que deben provenir de la nueva construcción. Y así ocurre por doquier. Pero resulta que los concejales del gobierno municipal de Mislata viven de espaldas a una realidad que nos hace únicos y es que nuestra menguante superficie, cada vez más ocupada por bloques de cemento encierra una especie en peligro de extinción (que muchos daban ya por desaparecida, y que otros consideraban una mera leyenda) me refiero a que en Mislata viven los últimos dragones.

La pinada condenada del cuartel militar tiembla cada vez que en la otra parte del mundo cae resonando un baobab milenario de los que Madagascar presumía y que poco a poco mueren misteriosamente ante la perplejidad y tristeza de los habitantes de la enorme isla del áfrica austral. Y nuestros pinos tiemblan no porque los agite el viento sino porque los últimos dragones sienten una dolorosa descarga eléctrica cada vez que muere un baobab.

Hace millones de años que los dragones depositaron su alma en los árboles más longevos de forma que asegurasen una rápida reencarnación en caso de que su cuerpo físico fuera destruido en el combate.

Es difícil imaginar lo doloroso que debe resultar recuperar tu alma de golpe cuando tu situación ahora mismo no puede ser más precaria. Los dragones llevan jugando al escondite durante demasiado tiempo, y sin dejar de habitar entre nosotros no pueden hacerse grandes ilusiones sobre nuestra capacidad para lograr un cambio positivo que les permita morar con seguridad. Los dragones han considerado siempre que la estulticia proverbial de nuestros munícipes a lo largo de los siglos les iban a permitir sobrevivir sin sobresaltos.

Mislata es su isla. Fijate bien : mISLAta. Una isla en donde mora todavía el dragón que adornaba el casco de Jaume I, "el conqueridor". Se empeñaron en decir que era un murciélago pero no señores era un dragón. Un dragón pequeño, o lo que es lo mismo que podía empequeñecerse a voluntad y según conveniencia. Los dragones se multiplicaron y habitaron en los sueños de los moradores de esta villa. Ahora mismo barrio dormitorio en donde paradójicamente nadie duerme. Y no porque nos desvelen los ejercicios amatorios de nuestros vecinos sino porque la imaginación y el optimismo van cediendo el paso al mayor veneno antidragones : la indiferencia.

Así que en Mislata cada vez que muere un Baobab los únicos que se agitan con desespero son los dragones que con nosotros conviven, y que se refugian durante el día en el túnel del metro entre las estaciones del Nou de Octubre y Almassil. Los mayores que han vivido lo suficiente para sobrevivir al encuentro con los dragones saben que no frecuentan ni la Morería, ni la Calle Mayor, mientras que sienten devoción y querencia antigua por la Cruz de Mislata, el último monumento antiguo de nuestra población condenado a la marginación por las autoridades culturales en todos los niveles del escalafón político administrativo.

Si Mislata fue la MeTA para los dragones ahora es probable que finalmente nos abandonen al mismo tiempo que la buena suerte de que son portadores, a no ser... A no ser que los homínidos que aquí compartimos almohada y acera espabilemos a tiempo. El otro día en las redes sociales se suscitó la enésima batalla a cuenta de las heces depositadas en la acera, algunos culpaban a los dueños de los canes, otros directamente a los perros que se suponían los autores materiales de aquello que se denunciaba, sin embargo analizada más de cerca me pareció evidente que aquella cagarruta que toscamente fotografiada inundaba el ciberespacio era, sin duda, el deshecho propio de uno de los dragones que mansamente nos acompañan, y que de vez en cuando expresan su decepción con nosotros de una forma un tanto incívica aunque no puede decirse que su protesta no sea eficaz.

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