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La "gente equivocada"

  • Published in Juan Costa

Atras queda la Semana Santa y San Vicente, pasa la fiesta pero no sus sermones.

La vida diaria de los refugiados es un Vía Crucis, con distintas y variadas estaciones: la primera la amenaza de muerte inminente y la tortura en el propio país, la segunda la huida en condiciones inhumanas atravesando territorios hostiles con riesgo cierto de ahogamiento por naufragio o de asfixia hacinados contenedores, la tercera la esclavitud forzada impuesta por los traficantes de carne humana y el chantaje que despoja a estas personas de sus últimas pertenencias, la cuarta es la bienvenida que les damos al enterrarlos en los modernos campos de concentración de refugiados.

Como en el juego de la Oca el que no cae en la casilla carcelaria de los Centros de Internamiento de Extranjeros, o en la casilla de la Calavera que les acompaña como una sombra pegajosa durante todo su camino, suele arriesgarse a ser devuelto a su país para enfrentarse a una muerte segura de la que como en el relato oriental ni siquiera el desesperado intento de huir en veloz corcel o patera evita el fatal reencuentro con la que espera paciente, mientras teje su red en un espacio casi infinito e intemporal.

Después de una Semana Santa que no acaba de calar, y de una festividad Vicentina que solamente a los incondicionales de la pólvora convence, la aparición en la prensa de un breve que explicaba el Vía Crucis de los refugiados acompañados por el párroco de San Miguel de Soternes nos llenó de la esperanza de los actos plenos de significación, e inequívoco sentido.

El Vía Crucis de los refugiados de Mislata es la adaptación, o versión actualizada de la pasión de Cristo en nuestros días: mujeres violentadas, menores arrancados de sus familias, hombres capitidisminuidos y esclavizados pero con una imposibilidad añadida para lograr su manumision: la ceguera insensata de los que celebran la pasión viviente pascual como si fuera algo que sucedió en un muy remoto pasado, y no como algo que sucede y se repite cada día ante sus ojos, en su calle y en su barrio.

En Mislats que es el Golgota improvisado, en nuestra incomprensión y desidia que son los maderos, en nuestra voluntaria ignorancia y falta de empatía que son los clavos que aprisionan e inmovilizar tanto las extremidades como las voluntades de los que son sacrificio humano y holocausto por el que inevitablemente nos pediran cuentas.

"Tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo... y no me reconocisteis. "

Pero ¿cómo te podíamos reconocer bajo la forma de una mujer prostituida? ¿Cómo bajo la apariencia de un refugiado musulmán o africano esclavizados? ¿Quién podía imaginarte bajo la apariencia de unos niños expropiados de sus verdaderos padres como penalización por su extrema indigencia? ¿De verdad eras tú el que paseaba crucificado por el cauce seco del río Turia escoltado por los semblantes extranjeros de inmigrantes indocumentados? ¡Quién lo hubiera imaginado! Aunque bien pensado tampoco era tan extraño que te ocultaras bajo la apariencia de los más desvalidos, pobres y marginados. Hay cosas que no cambian, sigues prefiriendo andar en la compañía de la "gente equivocada".

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