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Calabazas

  • Published in Juan Costa

Dar y recibir calabazas. A veces nos pone más triste darlas que recibirlas.

No sé muy bien cómo funciona, pero es algo así: A quiere que B se quede a dormir, pero B está pensando en invitar a C que a su vez desea estar con D. A veces para que la paradoja cierre el circulo D está obsesionado con A. Los impulsos y las repulsas se suceden en un circuito más o menos cerrado. Hay que romper el círculo. Salirse del sistema. Eso se consigue interpelando a factores externos a esa relación en que el aire ha dejado de circular.

El problema es que cada uno de los sujetos de la ecuación tiene su propia circunstancia y los tiempos de todos los actores no son, ni mucho menos, coincidentes. Eso añade otra distorsión a la línea espacio temporal, pero como dicen los gurús del presentismo hay que focalizarse en el aquí y ahora, eso tiene la virtud de desconectarnos de las catástrofes emocionales que provocamos y padecemos alternativamente. Hay que desdramatizar, partiendo de la base de que no vamos a poder rescatar a nadie de sí mismo, ni siquiera a nosotros mismos.

La terapia del barro, o las piedras calientes, o cualquier tortura china con supuestas cualidades curativas no tiene en el fondo mayor beneficio que la desconexión del mundo a que nos someten unas calabazas bien dadas. Hay quien si la vida le da limones hace limonada, y hay quienes si la vida les da calabazas hacen tarta de calabaza. El que no se consuela es porque es inconsolable, y el que se tiene que morir de pena, se muere sin apelación, aunque la autopsia no despeje la incógnita. No recuerdo haber oído que nadie haya muerto por causa de las calabazas, aunque si por melón.

Añoro aquella época en que las personas se dejaban para bien o para mal influir por los que nos rodean y a veces usan esa influencia benéfica sobre los demás. Pero hoy finalmente gracias a una evolución social y espiritual muy intensa nadie se mete en la vida de los demás, nadie se molesta en opinar sobre la vida de los otros, y nadie ejerce la turbia mediación de aquella Celestina que se hizo célebre en la Edad Media gracias a las imprentas valencianas. Hoy la pobre se moriría de hambre, definitivamente condenada al paro por las aplicaciones de los teléfonos móviles.

¿Usted supongo que no se atrevería a tirar los tejos a la novia el día de su boda verdad? Eso no se le ocurre ni al que asó manteca.

https://floredo.wordpress.com/2008/12/14/el-que-aso-la-manteca/

En el fondo lo que pasa es que hay personas que apuestan por dar un sentido pleno a su vida, y otras quizá más sabias que no pueden evitar perder toda esperanza y obran en consecuencia. Personalmente creo que estas últimas se pierden algo, aunque a la inversa ocurre también. Yo sigo viendo un sentido y un hilo conductor a todo lo que atisbo alrededor, y cuando no acierto a verlo me desespero. Desde mi punto de vista renunciar a intentarlo es simplemente inaceptable. Sin embargo está opción es algo que lejos de poderse adaptar a la tipología de las enfermedades raras se adecua más bien a las epidemias de amplio espectro. Y así nos va. Dando y recibiendo calabazas.

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